El negocio tras la violencia machista

Muchos medios de comunicación ven en los feminicidios oportunidades para aumentar sus ingresos, vulnerando los derechos de las víctimas e ignorando sistemáticamente los códigos deontológicos. Las presiones y la misoginia en los medios, la precariedad y la falta de especialización dificultan la buena praxis de las y los periodistas.

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// Byron Maher

Ya no es cuestión de visibilizar los crímenes machistas. Las cartas están sobre la mesa: hay hombres que matan a mujeres por el rol de género que la sociedad les asigna. Tú, hombre; tú, mujer. Dentro de la categoría ‘mujer’, existe el riesgo de ser asesinada. Así funciona el sistema. Es algo que repiten una y otra vez todas las fuentes consultadas: lo que mata es el machismo, el patriarcado, el modo en el que está organizada nuestra vida social.

Sin embargo, gran parte de los medios siguen sin señalar en esa dirección: “dan argumentos que acaban justificando la violencia machista: fue un arrebato, un desengaño, se volvió loco… No se deja claro que la única causa de estos crímenes es una violencia estructural y sistemática contra las mujeres”, explican desde Xornalistas Galegas, colectivo en defensa de un periodismo con perspectiva feminista.

Sandra, María Elena y Alba

Uno de los últimos ejemplos fue el triple feminicidio de Valga, en el que fueron asesinadas Sandra, María Elena y Alba. Tan ejemplar fue que el Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia, el Colexio Oficial de Psicoloxía, Xornalistas Galegas y Defende a Galega se manifestaron en contra del tratamiento informativo.

Ana María Rubines coordina el Grupo de Intervención Psicológica en Catástrofes y Emergencias (GIPCE), dependiente del Colexio Oficial de Psicoloxía, que emitió un comunicado “para evitar que los periodistas fueran tan invasivos”. “Es una situación muy delicada en la que hay que preservar la intimidad y no añadir más dolor. No es la primera vez que un periodista camufla un móvil en el tanatorio para buscar una imagen más impactante.”

Desde Xornalistas Galegas señalan que fue un crimen “muy espectacular” para los medios. “Tres mujeres asesinadas a la vez, una pistola del mercado negro… Tiene todas las componentes de las historias dramáticas y truculentas. Te encontrabas con cosas espeluznantes: la madre del asesino diciendo ‘se le fue la cabeza pero es un santo’, periodistas buscando a un hijo del primer matrimonio…”

La espectacularización de estos crímenes es uno de los recursos con los que se lucran los medios. Belén Puñal es periodista, profesora e investigadora en comunicación y género. En una publicación de 2017, argumentaba: “Su tratamiento como suceso, desligado de la raigambre causal que la provoca, así como la permanencia de estereotipos que criminalizan a la víctima y disculpan al agresor, forma parte recurrente de la literatura académica existente al respeto, porque la espectacularización de la información, el morbo y el recurso a estereotipos funcionan como gancho para atrapar de manera fácil a la audiencia.”

Para Xornalistas Galegas, el modo de presentar la información es muy importante, y critican sobre todo los matinales de Telecinco o Antena 3: “van al morbo, se recrean en el detalle, tienen rótulos para cebar la información y mantenerte pegado a la pantalla; aunque la información sea real, no hay necesidad de hacer literatura. Le quita seriedad a este problema estructural.”

Xornalistas Galegas: “van al morbo, se recrean en el detalle, tienen rótulos para cebar la información y mantenerte pegado a la pantalla”

Esta literatura y este tratamiento informativo recurre a un imaginario patriarcal muy arraigado. Escribe Puñal: “la estereotipia de género obedece a intereses, no solo ideológicos, sino también mercantiles. La construcción simplificada de la realidad que los estereotipos ofrecen forma parte del bagaje común de conocimientos de la población. De ahí que su uso proporcione a los medios una estrategia eficaz de conexión rápida con la audiencia.”

Además de ese gancho y de la estereotipia que perpetúan, estas informaciones pueden infundir miedo en lugar de buscar soluciones o llamar a la acción. Nerea Barjola, autora de Microfísica sexista del poder: El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual (2018, Traficantes de sueños), explicaba en una entrevsista a El Salto que “cuando lo definen como suceso es como si fuese algo que pasa porque si; esa lectura nos deja inermes, nos sitúa en el centro de un terror contra el que parece que no podemos hacer nada.”

La mercantilización de la información

Es otra de las patas del problema: la concepción como un bien con el que generar ingresos a través de los datos de audiencia. Esta lógica afecta también a la información relativa a la violencia machista, de modo que un crimen machista tiene que ser entretenido: esto es, barra libre para hacer literatura, usar imágenes morbosas y dar un carácter episódico que enganche. A más share, más dinero.

Puñal: “la estereotipia de género obedece a intereses, no solo ideológicos, sino también mercantiles. La construcción simplificada de la realidad que los estereotipos ofrecen forma parte del bagaje común de conocimientos de la población”

Dos citas al respecto: el archiconocido Kapuściński criticaba en 2002 que bajo esta lógica lo importante en la información era el espectáculo: “una vez creamos la información-espectáculo, podemos vender esa información en cualquier parte.” O en 2013, Catalina Gayá, autora de ‘Infotainment. El formato imparable de la era del espectáculo’: “El espectáculo, el drama y el conflicto son las características que dominan los criterios de noticiabilidad de los medios.”
Como vemos, no es un problema reciente, tampoco en lo relativo a la violencia machista. En 2004, el Observatorio Galego dos Medios creado por el Colexio Profesional de Xornalistas, firmaba junto a profesionales y colectivos la Declaración de Compostela, texto en el que se hace constar un protocolo informativo “para la correcta cobertura y tratamiento de los casos de violencia de género”.

Las víctimas que no mueren

Aún así, tras quince años, es necesaria la crítica. Rubines, coordinadora del GIPCE, recuerda que una de las mayores dificultades para las familias que pierden a un ser querido en estas circunstancias tan extremas es la de volver a la rutina: “Para ellos poner un pie en la calle es anticipar que cada vecino con el que te cruces te va a preguntar por el suceso y va a remover tu dolor. Si los medios se hacen eco del suceso de esta manera, ya no solo los vecinos, sino que todo el mundo te conoce como la víctima de esta situación».

Explica Rubines el riesgo de que las familias se enteren de lo sucedido a través de los medios: “Esa primera información que llega a veces son fotos sensacionalistas o informaciones no contrastadas. Imagina lo que pasa por la cabeza del familiar; es una sensación que se le va a quedar grabada de por vida: de lo que me enteré y cómo me enteré».

Rubines, psicóloga: “Para ellos poner un pie en la calle es anticipar que cada vecino con el que te cruces te va a preguntar por le suceso y va a remover tu dolor»

Le sucedió a María Abuín, hermana del hombre que asesinó a Diana Quer. En una entrevista en La Voz de Galicia, explica que se enteró al ver la foto de su hermano en televisión. También reconoce que recibió amenazas de muerte e insultos “por ser la hermana de un asesino”. Hay que destacar, aunque sea lo de menos, que María no defendió a su hermano y criticó desde el primer momento el asesinato. El caso es significativo de cómo la violencia machista va más allá de la violencia física y afecta a un amplio entorno de las personas inmersas en un feminicidio por culpa de las coberturas mediáticas invasivas.

Las vulneraciones contra la intimidad, la banalización de los crímenes y su espectacularización están normalizadas en la praxis periodística de muchos medios. Para más inri, ignorando sistemáticamente todas las guías, documentos y códigos deontológicos hechos durante los últimos veinte años: la Declaración de Compostela, el InformaDOR (hecho entre periodista y psicólogas) o numerosos textos de ámbitos diversos como la academia o el activismo. Ni con esas.

Belén Regueira, del Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia (CPXG) explica que “es habitual que en los casos con mucha atención mediática las informaciones no se ajusten a los consensos profesionales.” Rubines, psicóloga, considera “viable” un código deontológico específico para “no causar dolor a las víctimas” y pide “más ética”, aunque se siguen sobrepasando todos los límites deontológicos, desde los colectivos de periodistas también inciden en que el tratamiento informativo es mejor que hace años.

Regueira cree que “todavía hay casos de mala praxis”, pero reconoce que hubo “una evolución positiva” reclamada por la sociedad: “No hace tanto tiempo que se dejó de hablar de crímenes pasionales». Desde Xornalistas Galegas creen que ahora se informa más de la violencia machista, pero no siempre mejor: “se da la cifra de X mujeres asesinadas al año, pero no se entrevista a fuentes expertas que expliquen las causas y consecuencias. No hay un planteamiento sobre el sistema como hecho central de la información».

En el Colexio Profesional de Xornalistas explican que para los y las profesionales no es fácil formarse en este ámbito: “queremos formarnos, hacer mejores coberturas y llevar este debate a las redacciones. Muchas veces no está al alcance del periodista formarse y prepararse, y hay decisiones que lo sobrepasan.”

¿Es suficiente la autoregulación?

En un artículo académico, la investigadora Belén Puñal citaba y ponía el foco en la Ley Orgánica para la igualdad efectiva de mujeres y hombres: “Las autoridades a las que corresponda velar porque los medios audiovisuales cumplan sus obligaciones adoptarán las medidas que procedan, de acuerdo con su regulación, para asegurar un tratamiento de las mujeres conforme con los principios y valores constitucionales.”

El CPXG no tiene capacidad sancionadora ni hay organismos que la tengan, una “deficiencia” que detectan desde el colegio. “Tampoco confiaría solo en la cuestión sancionadora”, explica Regueira, que tiene claro que “la autorregulación en algunos casos se está revelando como algo insuficiente».

Además, recuerda que en el estado español no existen autoridades que puedan ejercer esa función: “Es una posibilidad que existe legalmente pero no acaba de ponerse en marcha”. Sobre esto, en 2017, escribía: “Frente a la exigencia de compromiso con la igualdad y contra la discriminación, la estereotipia y la invisibilidad, los medios acostumbran a refugiarse en dos argumentos. Uno de ellos invoca a la libertad de expresión, que se yergue como bandera frente a cualquier tipo de limitación o regulación que se quisiera establecer».

Desde o Colexio de Xornalistas creen que hay casos en los que la autorregulación se reveló como ‘algo insuficiente’

Por otra parte, la portavoz del colectivo Xornalistas Galegas aboga por la autorregulación: “todos sabemos hacer nuestro trabajo, pero tenemos que luchar porque nos dejen hacerlo.”

Crisis, precariedad y presiones

Todas las fuentes consultadas, especialmente el CPXG, considera que hay factores estructurales que fomentan la mala praxis de los periodistas, como la falta de especialización, la falta de reflexión en las redacciones o la precariedad: “Todo esto afecta a la calidad de la información y todavía más en los casos de violencia machista.” Para Xornalistas Galegas, “el sector está muy precarizado y la gente tiene que pagar el alquiler a final de mes. No hay mecanismos de defensa para decir ‘yo esto no lo puedo hacer’”. Pone como ejemplo a la reportera Noemí Trujillo, que le contaba que llegó a hacerse la enferma para no tener que ir a casa de los familiares de una mujer asesinada: “Llega un punto en el que no tienes manera de salir de la rueda. Tenemos que tener libertad para hacer nuestro trabajo.”

Otra de las causas es la misoginia que impera desde el poder de muchas empresas de comunicación. Desde esa visión, conviene perpetuar una visión patriarcal y cortoplacista del problema, en lugar de que público y profesionales estén formados en un periodismo con perspectiva de género. “Habrá que educar también a los jefes, y explicarles bien cuáles son las consecuencias de usar ciertas imágenes”, razona la psicóloga Ana María Rubines, que señala también la poca protección del periodista. “Hay muchos periodistas que nos dicen que después de cubrir estos temas sienten mucha ansiedad, que tienen dificultades para dormir, que tienen niños pequeños y se sienten fatal». Desde el Colexio de Xornalistas reconocen que en lo último que se piensa es en el impacto que tiene para el periodista: “Esa especialización de la que hablábamos tendría que cubrir eso.”

Sin embargo, las soluciones milagrosas no existen: “va a llevar mucho tiempo”, afirma Regueira (CPXG). Desde Xornalistas Galegas creen que aunque depende muchos factores, “es cierto que hay nuevos medios que abordan la violencia machista de otro modo”.

Por otra parte, hoy también son posibles proyectos por la reparación de las víctimas, como el libro ‘No camiño do vento’ en torno a Sesé Mateo, feminista y sindicalista de Chapela asesinada en 2017. No solucionan el problema, pero dignifican la memoria de las mujeres asesinadas y se colocan por encima de los relatos misóginos vendidos por la prensa.

No hay soluciones mágicas. Es necesario que profesionales y lectores reflexiones sobre las buenas y malas prácticas. Comencemos por formarnos y, desde este lado, por organizarnos en lo colectivo exigiendo unas condiciones dignas para hacer periodismo. Cada maldita cobertura de un crimen de violencia machista es una oportunidad para poner el foco en la necesidad de corregir un sistema fallido y asesino. Aprovechémoslas para que la última cobertura llegue cuanto antes.


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