Marina d’Or, ciudad de explotación

Parte de la plantilla de Marina d’Or ha iniciado una campaña para organizar una huelga durante los meses de verano con el objetivo de encontrar soluciones a los problemas que afrontan. Los salarios insuficientes, las largas jornadas laborales y la carencia de herramientas de prevención laboral concentran sus reivindicaciones.

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// David Fernández

Quieren iniciar el principio del fin de Marina d’Or. Lo que para algunos es la “ciudad de vacaciones”, para otros es sinónimo de explotación y abusos empresariales. Y por eso empleados y empleadas del complejo turístico se han puesto en marcha para reivindicar sus derechos laborales y denunciar las malas prácticas de la compañía. Con el nombre “¡Al abordaje!”, la campaña creada y difundida en Facebook ha servido de reflejo de las dificultades que afrontan los empleados cada día. Convocada para el 29 de junio, hace un año comenzó a prepararse y, a través de la red social, se recogieron diversas noticias para reivindicar la parte menos visible de este supuesto sitio idílico.

El carácter estacional de los trabajadores contratados en Marina d’Or dificulta la organización de los asalariados. Además, como se indica en el comunicado de la campaña, se suma “la fuerte represión que hay, y el uso del despido, la amenaza y la coacción como métodos para amedrentar frente al intento de movilización”. Por estos motivos comenzaron a planificar ya hace casi un año, tiempo durante el cual han desarrollado diversas acciones de protesta en Oropesa del Mar para hacer visibles las demandas plasmadas en la web. El reparto de propaganda y las pintadas en las instalaciones han sido los principales puntos de actuación para llamar la atención, no solo de los altos cargos, sino también del resto de empleados. La organización de la campaña señala que el objetivo era “que todos y todas sepan que el 29 de junio de 2018 Marina d’Or se bloqueará si no escuchan y aceptan” sus reivindicaciones.

La huelga, que está planteada para ser indefinida y para provocar un paro “como medida de presión” durante los meses de vacaciones —junio, julio y agosto—, ha sido organizada de manera anónima y clandestina para “iniciar una acción sindical autónoma como órgano de decisión”. La principal demanda es que se respete el convenio de cada sector laboral en lugar de establecer el mismo para todos los empleados. Pero también exigen que se supriman las cláusulas adicionales abusivas en el contrato y que se ponga fin a la temporalidad de los trabajos. Además, reclaman que se respete la jornada laboral máxima de 40 horas semanales y que se paguen de manera íntegra las horas extras.

Otros aspectos clave de su reivindicación son el cumplimiento de la normativa de prevención de riesgos laborales, el pago de las vacaciones y el cese del control de las trabajadoras y los trabajadores con, por ejemplo, registros a la salida del turno. Para alcanzar los objetivos, la campaña está dirigida a trabajadoras y trabajadores, extrabajadoras y extrabajadores, personas despedidas y clientes.
Pero son muchos los obstáculos a los que se enfrentan a la hora de impulsar la huelga. Los más evidentes, el miedo a las represalias —como la pérdida del puesto de trabajo—, la nula tradición de lucha del sector servicios y la hostelería “debido al corporativismo que existe por la alta temporalidad a la que están sometidos” y la dificultad para organizar a más de mil trabajadores de la plantilla a corto plazo. El Salto ha tratado de contactar con Marina d’Or para conocer su versión, pero no hemos tenido ninguna respuesta.

Las Kellys de Marina d’Or

Después de una habitación, otra. Hasta 14 horas cambiando sábanas, apurando y limpiando los espacios donde los turistas descansan durante sus vacaciones. Sin poder “llevarse un trozo de pan a la boca” por falta de tiempo durante estas largas jornadas de trabajo y controladas a través de cámaras “para asegurarse de que no tienen ningún tipo de distracción”, como teléfonos móviles o charlas con las compañeras. Así describen varias extrabajadoras de Marina d’Or su experiencia laboral como camareras de piso en las instalaciones del complejo. Ahora se las conoce como kellys y las reivindicaciones de colectivos compuestos por las mismas en diversas ciudades de España han tenido una gran repercusión social y mediática. Sin embargo, las profesionales que han trabajado o trabajan en la ‘ciudad de vacaciones’ del empresario Jesús Ger no se han unido para reclamar sus derechos, aunque sus condiciones son, según las antiguas empleadas, indignas.

Las ocho horas se convertían en más de una ocasión en “10 o 12 horas sin parar, porque no salías hasta que acababas las habitaciones que ellos decían y fregabas todos los pasillos, que eran kilométricos”

Carmen Olivares, exempleada de Marina d’Or, recuerda las largas jornadas laborales en el hotel Gran Duque como una pesadilla. Su trabajo era de camarera de piso y, aunque tenía un contrato de media jornada, señala que las ocho horas se convertían en más de una ocasión en “10 o 12 horas sin parar, porque no salías hasta que acababas las habitaciones que ellos decían y fregabas todos los pasillos, que eran kilométricos”. La camarera de piso rememora su primer día de trabajo y la frase con la que comenzó la explotación: “Tienes que hacer x habitaciones y de ahí no te vas hasta que las hagas”.
Olivares indica que podía llegar a limpiar “15 habitaciones o más en un día”. Un trabajo que supone dedicar tu vida al mismo y que la dejaba exhausta. Salía de allí “doblada” y no se podía “ni enderezar”. Estas horas de más no estaban retribuidas: “Las deberían pagar como extra, pero no lo contemplan”, defiende. Sin embargo, tampoco preguntaban a las trabajadoras si querían hacer estas “extras”, ya que eran una imposición. Y a las largas jornadas laborales se sumaban otras obligaciones inhumanas. Según los testigos, estaba prohibida cualquier pausa o descanso que rompiera el ritmo de productividad de la plantilla.

Vigilancia 24 horas

Mirar el móvil se convierte en un acto casi temerario, porque los pasillos tienen ojos. Varias cámaras vigilan todos los rincones del complejo turístico. Antes, incluso en los vestuarios donde el personal se preparaba con sus uniformes. Esta práctica, totalmente ilegal, la terminaron eliminando, según cuentan algunos de los trabajadores entrevistados por este periódico.

Las cámaras siguen estando por las instalaciones hoteleras del complejo. Los trabajadores son observados y cada uno de los sus movimientos queda registrado

Las cámaras siguen estando por las instalaciones hoteleras del complejo. Los trabajadores son observados y cada uno de los sus movimientos queda registrado. Viven, dicen, una situación de control a la que se suman otras prácticas intimidatorias. Al finalizar sus jornadas laborales, las empleadas de Marina d’Or tienen que pasar obligatoriamente por un registro. Día sí y día también les registran las bolsas, las mochilas e, incluso, los bolsillos, denuncian algunas extrabajadoras. Una de ellas, Nuria Gallardo, dice que esta práctica es muy humillante. “A la gente la registraban para entrar y para salir, pero cuando digo que las registraban te digo que era algo impresionante. Parecía que estábamos detenidas o presas”, añade. Un vecino de Oropesa del Mar, el pueblo situado justo al lado del complejo, cuenta a El Salto que él quería entrar a trabajar como personal de seguridad, pero rechazó la oferta porque sabía que habría tenido que registrar a sus compañeros: “Me dijeron que me iban a pagar 700 euros por ocho horas. No quise aceptar la oferta porque sabía que mi jornada sería mucho más larga y porque tenía que controlar a la plantilla”.

Contacté con un programa de televisión a través de una red social, pero, como también investigan lo que se comenta en cualquier plataforma sobre el complejo, me castigaron

Esta vigilancia no se limita solo al puesto de trabajo. Algunos la sufren las 24 horas los siete días de la semana. Martín, nombre ficticio, trabaja en uno de los hoteles desde hace cinco años. La crisis le golpeó fuerte y tuvo que dejar su oficio de carpintero. La explotación comenzó el mismo día en que se adentró en esta ‘ciudad de vacaciones’. El control diario llegaría dos años más tarde. No se trata de una actuación arbitraria, porque la empresa sabe qué personas debe tener custodiadas. “Existe un equipo de seguimiento que observa a aquellos trabajadores que han intentado publicar en alguna ocasión la realidad de Marina d’Or”, denuncia. “En mi caso, contacté con un programa de televisión a través de una red social, pero, como también investigan lo que se comenta en cualquier plataforma sobre el complejo, me castigaron”. Le suspendieron de empleo y sueldo durante dos meses y su libertad se vio restringida. Cada paso que da. Qué bar frecuenta. “Sé que me controlan, pero tanto yo como el resto estamos aquí porque lo necesitamos”, confiesa.

Las ilegalidades no quedan aquí. Existe, según los empleados, un clima de trabajo basado en presiones y en constantes disputas por parte de los encargados o superiores. La excamarera de piso Núria Carque recuerda a su gobernanta como una persona muy autoritaria: “Ponen a la más necesitada económicamente como encargada y se convierte en alguien perverso”, critica. Ella, que decidió dejar su trabajo después de dos temporadas, señala que su superior pasó de ser una buena compañera, con la que todas trabajaban a gusto, a una figura dominante a la que temían.

Este comportamiento por parte de algunos jefes no es un caso aislado. Así lo demuestra la experiencia de Olivares. Su encargada también era una persona muy temida por parte de las camareras de piso. “El trato con la gobernanta era horrible. Nadie se atrevía a mirarla a la cara”, confiesa. Sus compañeras y ella misma trabajaban bajo la presión de hacerlo todo correcto para evitar represalias y sufrir “broncas desmesuradas”, según relatan.

Àngel Ballesteros, extrabajador de Marina d’Or, sufrió otro tipo de castigo solo por reclamar el sueldo que le correspondía. El que fuera jefe de cocina del complejo durante siete temporadas recuerda que denunció al director del hotel en el que trabajaba porque sus compañeros y él cobraban menos de lo que especificaba el contrato. La respuesta de Marina d’Or fue enviarle a trabajar a Vila-real Palace. Un castigo que comprendió después. Ballesteros se encontró con el hecho de que “no computaban las horas de ida y de vuelta desde Oropesa hasta Vila-real. Además, solo pagaban la gasolina si esta se compraba en la empresa de Jesús Ger”. Se trata de una represalia bastante común, según el extrabajador. “Si denunciabas alguna práctica, te enviaban a otro sitio y para justificar este cambio decían que tenían que hacer reformas o limpieza, pero siempre era mentira”, añade. Durante estas interrupciones, el extrabajador asegura que despedían a muchas personas y, aunque eran fijos discontinuos, contrataban a gente nueva. “Esta práctica es totalmente ilegal porque has de llamar a la plantilla más antigua; en caso contrario, se trata de un despido improcedente”. De hecho, muchos denunciaron esta irregularidad y la justicia les dio la razón.

Si te sobraba producto a la hora de cocinar, te metían una multa. Si te faltaba producto, también. Decían que no tenías previsión

Ballesteros relata también las amenazas que recibía durante toda su jornada laboral. Se les intimidaba con multas que restaban dinero a la nómina. “Si te sobraba producto a la hora de cocinar, te metían una multa. Si te faltaba producto, también. Decían que no tenías previsión”, denuncia. Pero no solo suponían menos sueldo a fin de mes. También, explica, “te podían quitar días de tus vacaciones”. Además, con el fin de satisfacer las demandas de los superiores, tenía que hacer más horas de las que figuraban en el contrato, pero “estas no se cobraban, porque lo atribuyen a que no eres productivo”, lamenta.

Martín expone que, si no cumples con ciertas medidas, como si no calculas bien las raciones de comida o si no te lavas las manos, “te llega una carta de amonestación y te quitan, por ejemplo, unos 50 euros”, y para una persona que cobra 700 euros, 50 pueden dificultar su situación. También ha criticado que la prevención de riesgos laborales es prácticamente nula y que los medios técnicos son mínimos. “El material para trabajar es escaso”, apunta, y añade que “si, por ejemplo, tienes que mover un armario y tiene las ruedas oxidadas, te daña los riñones, pero lo tienes que hacer”.

De la Baja a la calle

“Si te dabas de baja, te tiraban a la calle”, recuerda Ballesteros, que fue testigo del caso de un compañero que tuvo un accidente y, ese mismo día, le dieron la baja —lo que requiere tiempo— y le denegaron la entrada en las habitaciones de los apartamentos destinados a los trabajadores. En gran parte de las ocasiones eran despedidos y, si tenían suerte, volvían “antes de 15 días”.

Para Ballesteros, “la autoridad laboral no tiene ningún sentido allí”, aunque destaca que algunos superiores también se han encontrado en una situación parecida. En la actualidad, Martín asegura que la gestión de las bajas médicas ha mejorado. En su caso, sufrió un lumbago en julio. Recibió atención en el centro médico y le pagaron por su baja. Pero reconoce que no pueden quejarse, porque si lo haces, te despiden.

Manipulación psicológica

Falsas promesas. Lugares de trabajo de ensueño. La forma en la que Marina d’Or contacta con sus futuros trabajadores es bastante parecida a sus anuncios televisivos. Todo son ventajas dentro de la ‘ciudad de vacaciones’. Pero, a la hora de la verdad, el sueño se convierte en pesadilla, como en el caso de Àngel Ballesteros. Una de las personas encargadas de contratación de la empresa le prometió un sueldo digno, incentivos, un horario aceptable y todos los medios para trasladarse desde donde residía, Barcelona, hasta el complejo turístico. Eclipsado por las condiciones y las facilidades que le aseguró aquella voz detrás del teléfono, dejó su trabajo y se marchó a Orpesa del Mar. No obstante, el puesto de trabajo que le habían prometido como segundo jefe de cocina se convirtió en jefe de partida sobre el papel y los incentivos prometidos no se plasmaron en el documento contractual, que se vio obligado a firmar, porque ya había dejado su antiguo trabajo en Barcelona. “No me dieron ni la ropa ni el calzado siquiera”, denuncia.

Un caso similar le ocurrió a Gallardo, también extrabajadora. Después de una entrevista laboral, le ofrecieron llevar una de las tiendas más exclusivas de Marina d’Or, por “1.200 euros al mes y un porcentaje de un 3% por ventas”, concreta. Unos días antes de empezar, fue a Recursos Humanos para que le dieran las credenciales y firmar el contrato. “No presté mucha atención en ese momento, pero sí es cierto que dejaron que me quedara la copia del trabajador”, recuerda.

Mi nómina pasaba a ser de 700 euros y desaparecía el porcentaje del 3%, porque era solo dependienta

Después de 12 días de trabajo intenso, le comunicaron que tenía que firmar el contrato. Se sorprendió porque ya lo había hecho. Sin embargo, acudió donde le habían indicado. “La chica que estaba allí tenía los documentos cogidos con el dedo gordo a modo de pinza y quería ir muy rápido”, detalla. A Gallardo se le comunicó que sus condiciones habían cambiado y, por tanto, tenía que firmar el contrato definitivo. “Mi nómina pasaba a ser de 700 euros y desaparecía el porcentaje del 3%, porque era solo dependienta”, relata. Aunque reclamó el sueldo correspondiente a los 12 días trabajados, no los ha cobrado, ya que, supuestamente, nunca ha firmado ningún contrato con Marina d’Or. Casi segura de que no había sido la primera en sufrir una situación de este tipo, inició el desmantelamiento del complejo.

Denuncias de las trabajadoras

Cansadas de callar y aguantar, quieren impedir que otras personas pasen por el mismo infierno. Y con rabia e indignación por cómo han sido tratadas, las extrabajadoras de Marina d’Or han encontrado en las redes sociales una herramienta para combatir las condiciones laborales de la empresa para la que trabajaron días, semanas, meses o años. Se han unido todas las personas que han conocido la realidad de Marina d’Or. De hecho, este es el nombre del grupo creado en la red social Facebook, y en el que se pone de relieve cómo funciona y cómo es el trabajo en el complejo turístico castellonense.

La impulsora de este grupo fue Gallardo. Y pronto sufrió las consecuencias de no querer resignarse. A la administradora del grupo “La realidad de Marina d’Or” la han demandado en más de una ocasión con el objetivo de que cierre la plataforma digital y así silenciar las denuncias públicas de los exempleados. Gallardo explica: “Lo han intentado por todas las vías. Como en Castellón no se admitió a trámite, lo demandaron por la vía penal, porque ellos me responsabilizan de todos los comentarios”. Sin embargo, nunca estuvo sola. “Entre todos los miembros del grupo iniciaron una campaña de crowdfunding y la gente comenzó a colaborar económicamente, para que pudiera pagar un abogado”, celebra.

Gallardo no fue la única demandada por Marina d’Or. Carque también recibió un día la citación de la mano de dos policías. Su denuncia, a diferencia de la relatada anteriormente, era por un único comentario en el grupo. “Fue por una publicación en Facebook para ayudar a Núria Gallardo, porque me hirvió la sangre al ver que le pedían hasta dos años de prisión”, explica. En el comentario habló de otros temas, como el negocio de la cocaína, vinculándolo al complejo turístico a raíz de una vivencia que le había comentado una tercera persona.

El día de su juicio recibió el apoyo de compañeras y compañeros que fueron con pancartas y estuvieron presentes cuando apareció el abogado de Jesús Ger. Sin embargo, el empresario no acudió. Por este motivo, a pesar de la gravedad de la acusación —calumnias—, Carque fue absuelta por la ausencia de Ger. Recuerda la actitud del abogado del dueño de Marina d’Or como prepotente y con la intención de conseguir sus objetivos como fuera. “El chico fue detrás de la mesa para decirle a la juez lo que tenía que hacer, como no se había presentado el denunciante no se podía hacer nada”, señala.

Medios de comunicación al servicio de Marina d’Or

Los trabajadores se sienten silenciados y despreciados por los medios de comunicación. No es necesario indagar mucho para comprobar que estas denuncias no han tenido repercusión mediática, como tampoco las quejas de los trabajadores y extrabajadores. Marina d’Or nunca sale en los medios de comunicación por la explotación o las demandas de los empleados, sino por los diferentes eventos que se organizan en sus instalaciones. Por este motivo, a excepción de aquellas personas que quieran indagar en redes sociales, que conocen las condiciones laborales de familiares o amigos que las han padecido en el complejo turístico, la imagen que tiene la ciudadanía de Marina d’Or dista de la realidad.

El reportaje que preparó Equipo de investigación, de La Sexta, sobre ‘la ciudad de las vacaciones’ fue un halo de esperanza para los extrabajadores. Sin embargo, el resultado no les satisfizo, ya que consideraron que era superficial y no retrataba toda la realidad.

“Después de dos horas de entrevista y de dos años esperando que lo emitieran, cuando lo sacaron fue indignante. Parecía que le estaban haciendo propaganda a Ger”, lamenta Gallardo.

Además, este reportaje actualmente no se puede visualizar entero en la red, “una razón más para comprobar cómo funciona el tema”, subraya. Ballesteros denuncia que no salió, por ejemplo, “el comedor de personal con basureros” o “lo que nosotros llamamos las ‘catacumbas’, los pasillos que hay bajo los hoteles y que son deplorables”.

La calidad de los productos tampoco siempre correspondía con lo que Marina d’Or anunciaba en sus carteles y anuncios televisivos. “En un tres estrellas las camareras del hotel frotaban las ollas en el suelo, porque no había fregaderos ni ningún sitio”, describe Àngel Ballesteros sobre su experiencia en la cocina, en la que pasó muchas horas. Sin embargo, a pesar de las condiciones, no había represalias para Marina d’Or porque “Sanidad avisaba de cuando iba. Estaba todo pactado para que cuando llegaran todo estuviera correcto”, explica Ballesteros. Los jefes avisaban a los empleados para que cuando viniera la inspección todos los establecimientos la pudieran pasar sin ningún problema. “Lo que no entendía nadie es cómo no estaba cerrada la mitad del complejo turístico”, dice el trabajador.

Sindicatos del poder

Con las inspecciones controladas, otra vía para reclamar unas condiciones dignas son los sindicatos. Pero “el comité de empresa nunca salió”, lamenta Ballesteros. El extrabajador comenta que, cuando preguntó por el mismo, le informaron de que en el supuesto comité también estaba la hermana de Jesús Ger. “Eso no podía ser, pero como estaba en nómina, pues la metieron dentro”, denuncia. Por ello, algunas de las trabajadoras y trabajadores que han visto que no cuentan con una defensa sindical han optado por unirse y reclamar sus derechos.

Marina d’Or reúne, de acuerdo con las experiencias de los trabajadores, muchos factores que pueden desencadenar una huelga, como el incumplimiento de las jornadas laborales, la explotación o los bajos sueldos. Solo queda ver si el insomnio de quienes trabajan en el complejo turístico es suficiente para que no dejen dormir a quien mantiene su precariedad.


+info relacionada: Popular salvó a sociedades de Marina d’Or a través de una red opaca en Luxemburgo – vozpopuli, 06-06-2018

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