Pensar como taxistas

Bienvenido sea el cuento chino de la economía colaborativa donde unos pocos se forran el riñón con la miseria de la inmensa mayoría

<p>Conductor de Cabify abriéndole la puerta a una clienta. </p>

Conductor de Cabify abriéndole la puerta a una clienta // Manolo Finish

Ha vuelto a suceder. Los taxistas de Madrid y Barcelona se han puesto una vez más en pie de guerra contra las multinacionales de VTC y la prensa seria, de tradición lacaya y esquirola, ha sacado la brocha gorda de difamar a los trabajadores. Los mismos que doran la píldora al monarca, al banquero o al millonario quieren hacernos creer que doblar el lomo en un puerto o en un supermercado o en una obra es un exquisito privilegio. Que los estibadores son un gremio proclive a la pereza y al follón gratuito. Que los mineros, carne de silicosis, solo saben quejarse de vicio. Que los profesores forman una cofradía de zánganos y vividores adictos a las vacaciones. Que los funcionarios, ya se sabe, no pegan un sello y se pasan el día de cháchara en el descansillo. Y así en un largo etcétera de profesionales que nunca ocupan las primeras planas hasta que a alguno de ellos le da por protestar. Y por ahí, señoras y señores, la prensa seria no pasa.

Así que estalla la huelga y los intrépidos reporteros de la prensa seria, algunos entusiastas y otros más bien mandados, acuden a los hospitales a buscar las declaraciones de alguna pobre anciana que por culpa de los taxistas –¡ay!– no ha podido recibir la visita de su nieto pequeño, el notario, que es muy buena gente y siempre le trae bombones de esos de la caja roja. Estalla la huelga y los comentaristas de la crónica de sucesos, como recién salidos del humo de Lluvia de estrellas –¡tachán!–, aparecen reconvertidos en reporteros de guerra porque todo el mundo sabe cómo se las gastan los taxistas, que lo mismo te conducen un vehículo que te disparan un misil o te degüellan un niño. Y ahí los tienes, retransmitiendo en directo desde el corazón de la batalla, en mitad del apocalipsis zombi, esto es insoportable, Ana Rosa, vamos a morir todos, cortamos la conexión, Susanna, gracias por el escalofriante testimonio.

Al otro lado también tenemos al opinador progresista, todavía resentido porque una vez un taxista le puso el programa de Jiménez Losantos en la radio y dijo muy bien, así se habla. Hay quien se la tiene jurada al taxi porque tiene un primo que tiene un vecino que tiene un amigo que es taxista y vota a Ciudadanos. O porque los taxistas no han leído a Marx o a Lenin o a Bakunin. O porque en los taxis no te ofrecen una botella de agua y no te dejan elegir la música ni los conductores parecen mayordomos ni te hablan de usted. A quién no le gusta sentirse un marqués o un negrero de algodonal durante diez tristes minutos. También hay quien dice que los taxistas iban de listos cuando se endeudaron para comprar licencias y que les está bien empleado si ahora les hacen competencia desleal. Lo mismo dijeron de quienes se hipotecaron para comprar un piso y terminaron desahuciados entre comitivas judiciales y pancartas de la PAH.

No es nuestra misión explicar aquí lo obvio, que las huelgas acarrean imprevistos e inconvenientes o que las luchas laborales, cuando se enquistan, arrastran episodios desagradables y desperfectos materiales. Que las conquistas obreras han costado legiones de piquetes y cortes de vías y carreteras y paros en la producción. Que un like en Facebook o una firma indignada en change.org tal vez nos reconforta pero lo más probable es que su eficacia sea cercana a cero. No es nuestra tarea repetir lo más básico, que en todos los sectores hay trabajadores sin conciencia de clase, que en todos los pucheros cuecen habas y en todas las fábricas se encuentran empleados que votan contra su propio tejado. Que muchos huelguistas no toman conciencia hasta que se ven enzarzados en un conflicto de intereses. Pero es que en la defensa del pan hay una dignidad tan elemental que no debería alimentar ninguna duda.

Hay otra tarea, sin embargo, que sí nos corresponde: colocar la lupa sobre el mercado de VTC. En mayo del año pasado, El Confidencial explicaba que alrededor de 10.000 licencias VTC están en manos de veintiséis empresarios españoles. Un nutritivo pastel de 450 millones de euros. Entre ellos, figuran nombres tan ilustres como el banquero vizcaíno Jaime Castellanos, cuñado de Emilio Botín e inversor del grupo de prensa Vocento, que ha presidido Moove Cars con la contribución del fondo buitre King Street. Por ahí aparece el empresario Juan María Riberas, decimonoveno hombre más rico de España según Forbes. En la empresa de VTC Cibeles vemos la mano de Bernardo Hernández, fundador de Idealista, accionista de Glovo y espadachín de la gestación subrogada. En Vector Ronda tenemos a Rosauro Varo –pareja de la actriz Amaia Salamanca– y en Auro New Transport Concept tenemos a los cerebros de Tuenti.

De Uber podríamos decir que su fundador, Travis Kalanick, es uno de los hombres más ricos de Estados Unidos y que su fortuna está valorada en 5.900 millones de dólares. En 2017, Kalanick tuvo que abandonar la presidencia de la empresa entre escándalos mediáticos y denuncias de sus trabajadores. El caso más sonoro fue el de la ingeniera y empleada de la compañía Susan Fowler, que denunció el acoso sexual de su jefe ante la pasividad de los directivos. De Uber también podemos decir que sus servicios han sido declarados ilegales en Bruselas. Que Londres llegó a revocarles la licencia por “falta de responsabilidad corporativa”. Que la justicia francesa les impuso una multa de 1,2 millones de euros por incumplir la ley. Que la justicia holandesa les impuso una multa de 600.000 euros por ocultar un robo de datos. Y así en un extenso currículum de desencuentros con tribunales y gobiernos de todo el mundo.

De Cabify, que tampoco se queda atrás, podríamos contar que ha engordado gracias a la inversión de Beatriz González, hija del presidente de honor del BBVA Francisco González. El fondo de capital riesgo de la hija del banquero se llama Seaya Ventures y también está abonado al negocio esclavista de Glovo. Durante la última huelga de taxis del pasado verano, Cabify estuvo envuelta en una polémica porque trascendió que su sede se encontraba en Delaware, Estados Unidos. Las ventajas tributarias de este pequeño estado de la costa este son tan conocidas por los emprendedores de todo el mundo que en una extensión de terreno similar a La Rioja se acumula un ratio de una empresa por cada cuatro habitantes.

Podemos mirar hacia otro lado y pretender que la pelea del taxi no va con nosotros. Sintonizar la prensa seria y creer a pies juntillas la salmodia cotidiana de trolas catódicas. Bienvenido sea el cuento chino de la economía colaborativa donde unos pocos se forran el riñón con la miseria de la inmensa mayoría. Ovación cerrada para el curro uberizado de doce horas a cambio de un salario de mendigo. Conductores uberizados. Repartidores uberizados. Camareros uberizados. Viva el mal y viva el capital. Aunque también podríamos, Dios nos libre, pensar por nuestra cuenta. Sospechar del gato por liebre y preguntarnos por qué la prensa seria increpa a los estibadores y a los profesores y a los mineros y a los taxistas. Por qué les disgustan las huelgas y las pancartas y los gritos alborotados de quien no está dispuesto a perderlo todo. Algo habrá, vete tú a saber, para que nos hagan pensar como consumidores y no como currelas. Algo habrá, digo yo, para que les preocupe tanto que  algún día, de la noche a la mañana, salgamos a la calle a defender el pan con nuestras propias manos y dejemos de pensar como pasajeros para empezar a pensar como taxistas.


+info relacionada: Quince taxistas inician una huelga de hambre para demostrar que es una “situación de vida o muerte” – publico.es, 26-01-2019

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