Salir del ‘a favor’ o ‘en contra’ para pensar

La gestación subrogada lucrativa es una solución mercantilizada al deseo de maternidad y paternidad. Necesitamos modelos fuera de las lógicas del mercado que garanticen los derechos para todas las personas aunque no satisfagan la demanda de los más privilegiados.


Una mujer habla con su marido en la habitación de una clínica en la India, donde las mujeres gestantes pasan el embarazo bajo supervisión médica // Mansi Thapliyal (Reuters).

El debate sobre la gestación subrogada y los vientres de alquiler está en auge pero, ¿qué se debate en realidad? La lógica que más resuena, en los medios y en las calles, es la de estar “a favor” o “en contra” de la gestación subrogada, como práctica en la que una mujer gesta y pare un bebé para otras personas, sin cuestionar si esta práctica se hace por dinero o de forma altruista ni bajo qué contexto socioeconómico se realiza. Ejemplo reciente es la encuesta que hizo la Cadena Ser, que arrojaba como resultado un amplio apoyo.

¿La pregunta? “La maternidad subrogada es una práctica por la cual una mujer ayuda a una persona o pareja a tener un hijo […]. ¿En qué medida aprueba o no la maternidad subrogada?”. El debate se vuelve, en ocasiones, confuso y demagógico.

Empecemos, pues, por indicar las diferencias entre tres modelos bien diferenciados que se pueden señalar a la hora de llevar a cabo esta práctica: altruista, altruista con compensación y venta o laboral.

En el primer modelo, el altruista, se garantiza que no hay dinero de por medio pudiendo existir un vínculo previo entre gestante y madres y padres de intención. Canadá y Reino Unido son ejemplo de este modelo que, en la práctica, arroja unas cifras muy bajas, aunque no impiden que quienes quieren acceder a la gestación subrogada lo haga en el extranjero en otras condiciones.

En el segundo modelo, altruista con una compensación pequeña que evite que se haga por el dinero, es frecuente que esta “compensación” solo determine el flujo y perfil de las gestantes: más precarias y más pobres, como de hecho pasa en la “donación” de óvulos en España.

El último modelo sería de venta o laboral, dentro del que también hay diferencias si hay un encuadre en el mercado desregulado o si es dentro del mercado laboral, acogiéndose a un régimen regulador, cotización, seguridad social contrato de trabajo, etc. Como se puede ver, existen abismos entre unas y otras fórmulas, afectando a potenciales gestantes y al mercado, y de formas muy diferentes.

De forma clave, también suele pasarse por alto el marco socioeconómico en que surgen y se extienden estas prácticas reproductivas. No se puede olvidar que vivimos un contexto global de expansión del neoliberalismo y la globalización, vinculado a procesos de deslocalización y sustentado en un marco de desigualdad profunda. Los avances en biomedicina y biotecnología han permitido una ampliación de los límites de lo que se puede intercambiar. Pero la pregunta política que tenemos que hacernos aquí es: ¿cómo queremos que se den (o no) esos intercambios? ¿En qué términos?

Por la donación de óvulos en clínicas privadas se pagan compensaciones por encima del salario mínimo. ¿Es esto donación?

Si tomamos como referencia la “donación de óvulos” en España (que bien podría entenderse en términos de “mercado”), donde se pagan compensaciones por encima del salario mínimo interprofesional por entre 15 y 30 días de tratamiento y donde los bancos públicos —que no remuneran— están vacíos, ¿qué significaría regular la gestación subrogada como “altruismo con compensación”? ¿Y como actividad mercantilizada? Se afirma que una “regulación mercantilizada” puede ser una forma de evitar abusos en el mercado extranjero, y que evitaría el lucro de las agencias. Pero, por el contrario, nadie se plantea regular una venta de órganos que supuestamente evite abusos. Una regulación valiente y contraria a la venta no tendría por qué abrir un submercado, y no se puede regular con ese miedo como freno.

En estos debates se habla también sobre la “libertad” de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. ¿Pero esto es libertad o es liberalismo de lo más neo? Por supuesto que habrá mujeres dispuestas a gestar por más o menos dinero, pero no es lo que podemos permitir ni reclamar desde discursos por la libertad (para autoexplotarse). Sabemos de sobra que este sistema se sustenta en la desigualdad, y que habrá mucha gente precaria dispuesta a vender al mercado lo que sea para sobrevivir. En este contexto, la gestación subrogada lucrativa (su fórmula más común) es una solución mercantilizada e individualizada al deseo de crianza.

Por el contrario, existen ejemplos no mercantilizados de intercambios de material biológico o partes del cuerpo, como la donación de órganos o de sangre y médula, que quizás se puedan tomar como modelos que funcionan y que, aunque no satisfagan toda la demanda, sí respetan los derechos de todas las personas.

Desde posturas feministas anticapitalistas necesitamos desarrollar discursos que busquen satisfacer los deseos maternidad y paternidad lejos de la mercantilización. Modelos que no incentiven el intercambio económico, y sí los vínculos de calidad. Para el feminismo esto no es nuevo: es una continuación de las propuestas de desmercantilización de lo que tiene que ver con la sostenibilidad de la vida.

Texto | Sara y Martu (autoras del blog Vidas precarias, interrogando la crisis desde miradas feministas)
Fotografía | Mansi Thapliyal (Reuters)