Cincuenta mil trabajadores españoles son explotados en Holanda: “Podría ser el laboratorio europeo de nuevas formas de empleo”

Llegan al país engañados, les alojan en campings o residencias conviviendo con desconocidos, y les cambian de ubicación siempre que una empresa así lo considere necesario. Muchos de ellos terminan el mes debiendo dinero a la ETT holandesa.

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// Susana Martínez

Hacía años que la embajada en La Haya recibía centenares de denuncias de trabajadores españoles que se encontraban en Holanda. El Gobierno desconocía lo que ocurría, por lo que el Ministerio de Asuntos Exteriores convocó una beca para estudiar los hechos. La investigación comenzó en 2017 y tres años después ha desvelado lo que podría ser el laboratorio europeo de la nueva contratación laboral. Una pista: el trabajador vale lo que vale su fuerza de trabajo, ni más ni menos. Esta tesis, defendida por los autores del informe, encuentra fundamento al atender a las conclusiones de la investigación, ahora publicada por la Fundación 1º de Mayo.

El empleado está obligado a pagar a la ETT los costes de su estancia (en torno a 400 euros mensuales por una habitación doble sin ventanas), del seguro de salud en el trabajo (115 euros mensuales), y el transporte desde el alojamiento al centro de trabajo (unos 100 euros al mes)

Hasta 50.000 españoles viven en Holanda prestando sus servicios en empresas de logística, un lugar al que llegaron convencidos de que allí encontrarían el trabajo que no encuentran en España. Todo parecía bonito sobre el papel, aunque la realidad es otra: al llegar al país la propia empresa de trabajo temporal (ETT) les envía a alojamientos como residencias o campings. A ello hay que sumar la total disponibilidad para la empresa contratante, que puede disponer del trabajador a cualquier hora. Por otra parte, el empleado está obligado a pagar a la ETT los costes de su estancia (en torno a 400 euros mensuales por una habitación doble sin ventanas), del seguro de salud en el trabajo (115 euros mensuales), y el transporte desde el alojamiento al centro de trabajo (unos 100 euros al mes). Si se tiene en cuenta que en Holanda son legales los contratos de 0 horas, muchos de estos españoles terminan con nóminas negativas al finalizar el mes.

Pablo López es integrante del colectivo de investigación Arosa Sun, el grupo que firma el informe. “Hemos visto que todo se encuentra en una zona que podríamos denominar ‘paralegal’, como si fuera un laboratorio de implementación de fórmulas pioneras que van ensayando allí mediante fórmulas contractuales que todavía no están reguladas”, en sus propios términos.

¿Pero a qué se refiere exactamente López? Por ejemplo, a los contratos de 0 horas, por los cuales la empresa tiene la posibilidad de no llamarte para trabajar pese a estar contratado, y a las garantías de horas establecidas que los trabajadores firman en la reclutadora española y que allí no tienen validez. “El éxito del modelo consiste en disponer de la fuerza de trabajo para responder a los picos de demanda, ya que son grandes empresas logísticas, para luego desprenderse de los trabajadores cuando lo consideren necesario”, en palabras del investigador.

“Un trabajador en un camping de Bélgica puede recibir una llamada del trabajo un viernes a las 22:00 y el sábado a las 9:00 estar trabajando en un almacén de Ámsterdam”, afirma Pablo López, firmante del estudio

López, que también es profesor de sociología en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), incide en que la disponibilidad es otro de los factores clave para entender este modelo de empleabilidad. Sin ir más lejos, el trabajador se reduce a nada, a un objeto que tan solo sirve para los intereses del empresario: “Un trabajador en un camping de Bélgica puede recibir una llamada del trabajo un viernes a las 22:00 y el sábado a las 9:00 estar trabajando en un almacén de Ámsterdam”, afirma.

Algoritmo vs derechos laborales

Una de las conclusiones más importantes del informe es la organización del trabajo en Holanda y la gestión de la mano de obra, un aspecto del documento que engloba los demás resultados. “Allí utilizan los llamados ‘flexworkers’ para realizar este tipo de trabajos, que están muy automatizados y descualificados. Cualquier español podría trabajar en ellos con normalidad porque en muchos sitios ni siquiera te requieren dominio de inglés. Por otra parte, un algoritmo gestiona los recursos humanos de las empresas, y en él están conectadas todas las ETT con las que trabaja dicha compañía. Así, el algoritmo tiene toda la información de los obreros, las horas que han trabajado, dónde residen, su antigüedad”, explica el sociólogo, quien define el algoritmo como “una producción racional de sufrimiento”.

“Fui allí con 30 horas semanales firmadas, aunque me dijeron que seguramente serían 40. Al llegar, me llevan a mi alojamiento, que era un cuchitril de seis metros cuadrados para dos personas, sin ventanas”, cuenta Adrián Muñoz

Una de las caras propias del informe es Adrián Muñoz, sevillano de 25 años que en agosto de 2020 marchó a Holanda para trabajar en una empresa logística. “Quería vivir una experiencia nueva y aprender inglés, y aunque he aprendido el idioma, el trato que me han dado y la explotación a la que me han sometido han hecho que no recomiende ir”, comienza a decir este estudiante que está finalizando el Grado de Ingeniería informática. “Fui allí con 30 horas semanales firmadas, aunque me dijeron que seguramente serían 40. Al llegar, me llevan a mi alojamiento, que era un cuchitril de seis metros cuadrados para dos personas, sin ventanas”.

Trabajadores que son solo un número más

Este afectado da algunas pinceladas de su vivencia: “En la primera semana de cobro ya tienen fallos. Siempre te ingresan menos de lo que te corresponde. Nos decían que ganaríamos unos 13 euros la hora, cuando en realidad eran 10. Cuando entra la temporada fuerte lo normal es trabajar 12 horas seguidas, y aunque nos podemos negar sabemos que si lo hacemos seguramente no nos vuelvan a llamar o renovar el contrato. Te hacen sentir como si solo fueras un número”.

Pero el trato deplorable y denigrante va más allá: “Yo estaba en una residencia con muchísimas personas, donde no se respetaban las medidas del covid y era muy poco higiénica. La persona que estaba a cargo del alojamiento podía entrar en tu habitación sin permiso, incluso se han dado casos de que esto ha sucedido cuando el trabajador estaba desnudo o durmiendo”, continúa el sevillano.

A Muñoz se le complicaron las cosas nada más llegar. A las tres semanas de empezar a trabajar para la empresa holandesa, un accidente laboral hizo que se le partiera el ligamento de la rodilla. A día de hoy se encuentra en España, pero no olvida que no ha tenido ningún tipo de facilidades por parte de la ETT. De hecho, cuando sucedió el accidente ni siquiera la ETT tenía en vigor el seguro médico. Sus propias conclusiones no difieren en demasía de las del informe: “Como trabajador solo eres un número más. Me preocupa que Europa se convierta en mano de obra barata cuyos trabajadores viven en pésimas condiciones. No podemos permitir que haya gente que en tres meses se haya visto obligada a cambiar de residencia hasta en tres ocasiones, perdiendo el poco arraigo que se habían logrado”.

Antonio Ramírez es otro de los investigadores que ha participado en la confección del informe. Este profesor de sociología aplicada de la UCM afirma que, sin la financiación del Ministerio, nunca podrían haber ido a los campings, residencias y centros de trabajo para hablar con los afectados. “La investigación tuvo que ser extremadamente cualitativa, dado el objeto de estudio, así que planeamos inmersiones demográficas y trabajo de campo. Pisamos tanto el barro de los campamentos como el suelo brillante de las grandes oficinas, porque también nos entrevistamos con los dirigentes sindicales de allí y la inspección de trabajo, desde donde no paraban de recalcar que los hechos que estudiábamos eran totalmente legales”.

Una inmoralidad legal

Por eso, él no hablaría de ilegalidad, pero sí de inmoralidad. “Aquí hace negocio todo el mundo menos el trabajador. La ETT de España realiza el ‘trabajo sucio’ reclutando a gente para enviarla allí, pues cuantas más personas consigan más beneficios tendrán. Las ETT de allí les dicen dónde tienen que vivir, con quién y en qué modo, siempre subyugando su situación a las necesidades de la empresa. Las convierten en mercancías desechables. Es un sistema de gestión del trabajo muy peligroso porque no importa la salud, la vida, tan solo los requerimientos del empleador. De hecho, esa realidad es tan oscura que no se sabe exactamente cuántos españoles se encuentran en esas condiciones”.

Al mismo tiempo, este profesor de la UCM incide en el estado anímico de los trabajadores españoles con los que se entrevistaron: “Fue un choque ver todo aquello. Son personas frustradas, que viven con muchísima incertidumbre y que tan solo pueden construir su vida a través del trabajo duro, y no entienden por qué tienen que soportar esas condiciones laborales y control de su vida privada. Había momentos en los que nos llegábamos a emocionar. Recuerdo, entrevistando a una madre y un hijo que compartían cama, que él sí tenía ilusión por existir, pero la madre estaba destrozada, con los huesos molidos de limpiar escaleras toda su vida, y psíquicamente a punto de romperse”.

Como tan importante es lo que se cuenta como lo que se deja de contar, la perspectiva de género no podía estar excluida en el informe. Que el grupo de investigación esté conformado por seis hombres es algo que tampoco pasa desapercibido a Ramírez: “Es una de las cuestiones que podría haber mejorado los resultados. Somos conscientes de que es complicado hablar de ciertos temas con mujeres, como la violencia o las vejaciones, siendo nosotros hombres. Intentamos paliarlo con investigadoras de la Universidad de Ámsterdam, pero la respuesta no fue fructífera. Es un punto ciego de la investigación, porque seguramente las mujeres que entrevistamos se abrieron y nos explicaron su situación de la diferente forma que si les hubiera entrevistado otra mujer”.

Este sociólogo tilda como “amargo” el ver a gente joven que se busca la vida en esas condiciones. “Hay muchas chicas de 20 y 21 años que tienen que aguantar muchas situaciones que ya han naturalizado de violencia y acoso”, en sus propios términos. Y reflexiona: “Si los seres humanos nos convertimos en una mercancía más, si valemos lo que producimos, ¿dónde queda nuestra subjetividad y nuestra vida? Este mecanismo pone el salario que se puede ganar por encima de cualquier otra cosa. Son personas aisladas del resto del mundo donde su propia significación no tiene ningún peso”.

más información: Aves de paso – Pablo Elorduy