De puerto en puerto

50 grados registran los termómetros en el sudoeste de Canadá; tuberías que se derriten; más de 500 personas muertas. El fuego devora ya más de 1.400.000 hectáreas en Siberia; el permafrost, cancerbero del metano, desaparece y amenaza con emitir a la atmósfera miles de toneladas de gases efecto invernadero. Alemania y Bélgica se ahogan bajo un cielo que desata su ira en forma de lluvias torrenciales que no se recuerdan; más de 200 personas muertas y centenares desaparecidas. En 24 horas en Groenlandia se derrite una cantidad de hielo suficiente para cubrir todo el estado de Florida de EE.UU. con 5 centímetros de agua.

Una imagen del puerto de València.

Una imagen del puerto de València

Podría ser el arranque de una película de ficción y catástrofes con secuencias rápidas y letras sobreimpresas con sonido de Olivetti. Pero no. No es ficción, aunque sí catastrófico. Todo esto ha ocurrido durante este mes de julio de 2021.

Si no queremos ser la rana cociéndonos en un cazo al fuego como describía Al Gore en su ‘verdad incómoda’, hemos de tomar consciencia de que esto ya no son señales de la emergencia climática. Se trata de efectos devastadores que amenazan la vida tal y como la conocemos. Especialmente nos amenaza a nosotros como especie.

La política debe asumir que esto no va de hablar de transición ecológica y de la imbatibilidad de los chuletones al punto, sin solución de continuidad. Que no vale bautizar organismos con el concepto de emergencia climática mientras que se sigue la inercia del modelo económico que nos ha llevado hasta aquí. Que es estúpido proclamar la ciudad de los 15 minutos al mismo tiempo que se sigue concentrando en las periferias urbanas centros de ocio y consumo.

Ya no vale la negación ni el disimulo o ‘greenwashing’ porque es traición. Ya no vale ninguna política que no esté a la altura del desafío del cambio climático. Y no vale porque además de situarnos como los tres monos sabios, no escuchar, no mirar, no hablar -o al menos no decir lo correcto ante quien hay que decirlo– no nos lo van a perdonar nuestros hijos, hijas, nietos y nietas.

Viene esto a colación de una buena noticia que se ha producido esos últimos días: la caducidad por desestimiento del extravagante proyecto de Puerto Mediterráneo.

Al poco de llegar al gobierno me preguntaron sobre este asunto. Respondí que era una barbaridad, insostenible e inviable. Ha sido esto último lo que ha determinado el final de este proyecto fantasmal, al no poder depositar los promotores la garantía de un millón de euros, a pesar de las oportunidades que se les ha dado en forma de prórrogas.

Pero ahora, más que analizar el proyecto en sí, quiero recordar cómo se le vendía a la opinión pública. Iba a ser una inversión extranjera de 800 millones de euros, se publicitaba. Iba a crear miles de puestos de trabajo, se cacareaba. Las cifras bailaban entre 3.000 y 10.000 empleos, lo que supone una variación de más de un 250% en las estimaciones que no resiste el más mínimo análisis riguroso.

Reparemos en este pequeño detalle: ¿A nadie le choca que una promotora que iba a invertir 800 millones de euros en un proyecto no haya podido depositar un solo millón como garantía? Como dicen en mi tierra para referirnos a una situación en que se ha ido de farol o han fanfarroneado ¿No será que ‘no alcen un gat pel rabo’? ¿No será que son las maniobras especulativas las que mantienen a flote este tipo de proyectos en su mundo virtual de ingenierías contables y demás martillazos al sentido común?.

De la misma manera se especulaba con la creación de puestos de trabajo. En alguna crónica se podía leer que iba a crear 5.000 puestos de trabajo directos, en una especie de subasta de a ver quien la dice más gorda sin que haya una sola referencia a un estudio que avale la estimación. Jugaron al chantaje aprovechando la necesidad de las personas de tener un empleo y la ligereza con que algunos políticos se postran ante la demagogia.

Pues bien, el centro comercial más grande, muy próximo por cierto, al que se pretendía construir tiene una cifra de empleados y empleadas que no llega a la mitad (2.077).

Además, hay que añadir que en estos casos se aportan nunca cifras del empleo que se destruye. Existen pocos estudios sobre el empleo que destruyen las grandes superficies comerciales. Los de la Oficina de Comercio y Territorio evidencian la destrucción sostenida de pequeñas empresas comerciales y trabajo autónomo, además de alertar sobre la diferencia en la calidad del empleo, el reparto de rentas inmobiliarias, el lugar de tributación o la destrucción del modelo de barrio y ciudad.

Y todo esto sin hablar de la destrucción del paraje de Les Moles en las estribaciones del Parque Natural del Turia, la ocupación del territorio en una zona saturada de grandes centros comerciales o de la afluencia masiva coches en la CV-35, con las consiguientes emisiones de gases de efecto invernadero.

De haber dado luz verde a este desvarío, con toda seguridad ahora mismo lo que tendríamos es un paraje natural destruido y un esqueleto de encofrado de hormigón abandonado. Un paisaje de desolación y fracaso colectivo como tantos otros podemos observar aún hoy, como consecuencia de la crisis de 2008. Menos mal que en la política no siempre se sigue el marco hegemónico y hay gente valiente que se atreve y compromete a nadar contracorriente.

Recordando todo lo dicho, escrito y sucedido con Puerto Mediterráneo, no puedo evitar establecer los paralelismos con el Puerto de València. Otra vez la misma cantinela. Se anuncian 1.000 millones de inversión extranjera por sólo 400 millones de inversión pública (otras fuentes hablan de 700 millones de dinero público). Otra vez el baile de cifras.

En esa inversión se omite conscientemente el coste del acceso norte al puerto que, descartando el delirio del túnel submarino, como mínimo costaría 1.500 millones a las arcas públicas. En resumen, unos 2.000 millones a cargo de nuestros impuestos. ¿Con qué objetivo? Mejor dicho, ¿con qué objetivo de bien común que justifique el gasto de dinero público? ¿Tiene algo que ver esta obra con los intereses de nuestros sectores productivos, de nuestras empresas? No he leído ni un solo estudio que lo justifique.

No he leído ni un solo estudio imparcial que lo justifique. Es más, con los empresarios que hablo todos ellos afirman que lo de la ampliación del puerto no va con ellos. Cuando les pregunto por qué no lo dicen en público, me responden con mirada de asombro que cómo van a hacer eso. Entonces, si nuestra economía no necesita de esa ampliación, ¿qué beneficios nos esperan de nuestra aportación colectiva de tal cantidad de dinero?

Lo bien cierto, es que la obra -una plataforma de hormigón más grande que algunos barrios de València- nada tiene que ver con nosotros ni nuestros intereses. Es una casilla del Monopoly más en las disputas del oligopolio de tráfico marítimo global entre dos gigantes empresariales. Es una base para servir de intercambiador de contenedores que nada tiene que ver con nuestra economía y que por tanto no tendrá huella positiva en nuestro desarrollo económico. ¿Por qué entonces malversar una cantidad ingente de dinero público para favorecer los intereses económicos de una de las dos empresas en disputa.

Respecto de la supuesta creación de puestos de trabajo con la ampliación norte del Puerto de València, todavía es más grosera la manipulación de los defensores del dislate. Afirman que la ampliación generará según las fuentes que se consulte de 6.000 a 14.000 empleos. Al mismo tiempo que proclaman ufanos que el puerto estará completamente digitalizado lo cual ahorra en la necesidad de mano de obra. ¿En qué quedamos?

Del peligro para las playas del sur de la ciudad, la amenaza a la Albufera de València, el impacto paisajístico, la contaminación para el área metropolitana y en qué costes puede acarrear ya sea ambientales, de salud pública, económicos o de pérdida de empleo no dicen nada. ¿O es que piensan que la salinización de la Albufera además de un desastre ecológico no destruirá cientos de puestos de trabajo del ámbito agroalimentario? Además de una pérdida irreparable de la denominación de origen del arroz de València y todo lo que conlleva de cultura gastronómica.

¿O es que piensan que la destrucción de playas, ecosistema de avifauna valiosísimo y paisaje litoral no afectará al turismo? ¿Y cómo asegurar el control sobre las sustancias o materiales que se puedan acumular en semejante plataforma? Conviene recordarlo cuando acaba de cumplirse un año de la explosión de Beirut.

¿Y qué pasará cuando se abra la ruta del Ártico y el tráfico marítimo opte por esa vía que, a juzgar por lo ocurrido en Groenlandia hace unos días, no tardará en ocurrir? ¿Alguien piensa que eso no afectará a los puertos mediterráneos? ¿Alguien de los defensores de la ampliación del puerto ha analizado la burbuja actual respecto de los precios de los contenedores marítimos, el movimiento de contenedores vacíos para subir artificialmente los precios o la repercusión en la crisis de materias primas con el consiguiente efecto de subida de precio para la población? ¿A esta guerra vamos a contribuir con nuestro dinero público? ¿Una guerra en que los perdedores seríamos nosotros y las generaciones futuras?

Si algo hemos debido aprender los valencianos y valencianas es que las obras faraónicas y grandes eventos siempre nos han costado demasiado caros. Que las burbujas nos dejan un paisaje desolador de corrupción, deuda pública y esqueletos de hormigón. Que cuanto más grande es la cifra del empleo prometido más empleo se destruye. Que cuanto más grande es la cifra de inversión anunciada más dinero público nos toca apoquinar (todavía andamos pagando la fórmula 1 que nos iba a salir gratis). Lo digo porque la memoria preserva de desastres futuros.

Creo firmemente que en política uno de los mayores ejercicios de transparencia es la coherencia. No podemos hablar de luchar contra la emergencia climática y seguir con propuestas instaladas en el pasado que no sólo no luchan contra ella sino que la agravan. No podemos asistir a los escalofriantes sucesos que he descrito al principio y seguir como si aquí no pasará nada. No debemos pedir responsabilidad a la ciudadanía y tomar decisiones irresponsables.

El único camino es la transición ecológica justa y eso empieza por nuestro entorno y las decisiones que debemos tomar, que en el caso del puerto de València es renunciar al disparate de la ampliación, retirar el dique de abrigo e invertir esos 2.000 millones de euros del erario en políticas sostenibles y sociales. Nuestros hijos e hijas nos lo agradecerán.

P.S. 1: Por cierto, lo que vale para los puertos también vale para los aeropuertos.

P.S. 2: Mientras acabo este artículo el fuego llega a las puertas de Atenas y devora Turquía.


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