Las cifras de la cultura en pandemia

El sector cultural, uno de los más afectados por las medidas restrictivas y de prevención por la COVID-19, arrastra pérdidas millonarias y teme quedar relegado, como viene denunciando históricamente, en las políticas gubernamentales.

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Un micrófono ante un auditorio vacío // Archivo: Elvira Megías

En el último número de esta revista antes de la pandemia (#LaMarea75, en aquel lejano marzo), en la sección de cultura llevábamos un especial protestas. Nos preguntábamos cómo estaban contribuyendo a lo que pasaba en Francia, en Líbano, en Bolivia, en Chile. Nos fijábamos en performances callejeras, en huelgas, en DJs que tomaban las ciudades para expresar la disidencia a su propio ritmo.

Pocos días después de que llegara a los kioscos, todas y todos estábamos de confinamiento en nuestras casas, agotando el catálogo de las plataformas de streaming y descubriendo el mundo de los conciertos por Instagram. En el segundo trimestre de 2020, Netflix tenía un beneficio de unos 700 millones de dólares. Solo un poco más –800 millones de euros, un 1,1% del total– es lo que se destina a la cultura en el plan de recuperación anunciado por el Gobierno de España el pasado octubre y que se desarrollará hasta 2023.

Durante este año en el que nuestras costumbres han cambiado, hemos visto avanzar en paralelo dos tendencias. Por un lado, a nivel individual, personal, íntimo, hemos valorado el arte y la cultura más de lo que es habitual en nuestras cotidianeidades apresuradas: es casi un tópico decir que “no podríamos haber resistido al encierro sin películas, sin libros, sin canciones”. Por otro, a nivel colectivo, las cifras de cancelaciones, cierres, ERTE, se han ido normalizando en titulares y conversaciones también en este sector.

Tal vez porque la cultura está acostumbrada a sobrevivir en la dificultad y las precariedades, en gran medida lo sigue haciendo. Pero con el agua aún más al cuello. Estos han sido “más de nueve meses viviendo en una agónica carrera de supervivencia que está poniendo en peligro la forma de vida de cientos de miles de familias”, en palabras de Alerta Roja –un colectivo en el que se han organizado los profesionales del sector de espectáculos en España para movilizarse y exigir medidas que mejoren su situación–. Incluso en el caso de quienes sí se han visto obligados a cerrar –una sala de música o teatro, una librería, una revista– o a anular –un festival, un concierto, un rodaje–, más que un golpe imprevisto, lo que la COVID  ha supuesto es la estocada final en un camino que llevaba mucho tiempo lejos de ser sostenible.

El Anuario 2020 de la SGAE, publicado el pasado septiembre, apunta a que el timing ha sido particularmente desafortunado: “Esta presentación debía mostrar, además de un justificado optimismo, cierto carácter alegre, dado que la mayor parte de los principales indicadores (…) confirmaban la senda ascendente de los últimos años”,  se lamenta en la introducción. Según este informe, aunque no se había vuelto aún a la situación anterior a la crisis de 2008, se empezaba a poder afirmar el crecimiento y estabilidad del sector. La pandemia supone una vuelta a la casilla de salida. Pero, más allá de las cifras, las preguntas relevantes atañen al modelo, a la estructura, a los valores que sustentan ese crecimiento, esa estabilidad. En este ámbito como en todos, lo que ha hecho esta crisis no es tanto generar situaciones nuevas, sino agravar las desigualdades y precariedades que ya existían. Poner la lupa sobre las consecuencias de décadas de construcción de un modelo económico, político y social que también en lo cultural se ha regido por el desmantelamiento de lo público y la primacía del mercado como principio rector de la legitimidad y de importancia.

Uno de los efectos de la pandemia ha sido la pantallización de todos los ámbitos de nuestras vidas, desde el trabajo hasta los afectos. En el caso de la cultura, el fenómeno también fue fulgurante e inmediato: ante la obvia imposibilidad de continuar con los conciertos, obras o presentaciones en vivo, desde las primeras semanas comenzaron a proliferar sus versiones online. Los festivales en Instagram y las cesiones de obras en abierto fueron muy celebradas, pero el amor al arte y el altruismo no son fáciles de desligar de la presión que supone para creadoras y creadores mantenerse presentes en un entorno de alta competitividad en el que solo quienes ya cuentan con carreras muy consolidadas pueden permitirse un parón en su presencia en carteleras y reseñas.

Pero ¿quién se beneficia de esa inflación de contenidos, a menudo gratuitos? Según Eurostat, el 70% de las conexiones a Internet se generan para consumir contenido cultural. Ese beneficio no llega a los creadores, sino a los intermediarios. Uno de los sectores en los que este fenómeno ha sido más manifiesto es el del libro. Amazon ha sido otra de las empresas que más rédito han sacado de esta crisis: se estima que crecerá en más de un 20% en este año.

No es que la cultura sea el eje de ese crecimiento, pero el crecimiento de la compra a golpe de clic ha tenido a las librerías como uno de sus daños colaterales. Un informe del Gremio de Editores revelaba que, si el número de lectores habituales se había incrementado en un 7% durante el confinamiento, más de la mitad de los libros comprados –necesariamente por Internet– en ese tiempo se adquirieron a través del gigante digital, y no de librerías. Y, sin embargo, los datos son en cierto modo contraintuitivos: esto tampoco ha supuesto la quiebra de estos establecimientos.

Desde abril, en Catalunya se ha abierto una docena de nuevas librerías. Algunas apoyaron su supervivencia en estrategias imaginativas: propuestas como la entrega gratuita, la posibilidad de que los lectores compren libros que envían a los autores y autoras para que se los dediquen como regalo para las fiestas o las presentaciones mixtas presencial/virtual en las que para participar desde casa y en pijama era en todo caso necesario haber comprado antes el libro. La iniciativa más sonada fue colectiva: la creación de todostuslibros.com, donde unas 700 librerías independientes se han organizado para ofrecer un catálogo de más de un millón de libros disponibles para la venta por Internet. Sobrevivir en una constante obligación de reinventarse, sin embargo, es agotador para las personas que sostienen con su trabajo el sector, ya de por sí exhaustas.

Otra de las realidades obvias que se ha dejado ver con más claridad bajo la lente de aumento de la pandemia es cuántas profesiones, cuántos oficios invisibles, forman el entramado de esa producción cultural de la que a menudo solo se ve la punta del iceberg que son las creaciones o los eventos. Una de las dificultades para cuantificar y dar respuestas a las muchas demandas del sector es su heterogeneidad, lo variopinto de las situaciones de las que hablamos cuando hablamos de cultura. Alerta Roja destaca la necesidad de “entender el sector en toda su cadena de valor, con todas sus particularidades”. Desde los técnicos de luces que dejan de trabajar en una función hasta los productores con stock de material que un taller ya no pide.

La cultura no está entre las prioridades

En lo que la mayoría coinciden es en una frustración: la de que en un tiempo de redefinición de qué es lo esencial, la cultura no esté –como de costumbre, por otro lado– entre las prioridades. Se da, según el comunicado de este colectivo, un “agravio comparativo con otros sectores donde también se produce la concurrencia de personas”: mientras parece evidente la necesidad de reactivación urgente de sectores como la hostelería y el turismo, también en este regreso la cultura siente la necesidad de seguir siempre explicándose, de poner una y otra vez notas al pie de su valor.

Ante las demandas del sector, algunas instituciones han empezado a sacar adelante medidas que dan un respiro a los y las trabajadoras culturales. Ayuntamientos como el de Mieres, en Asturias, desarrollaron durante el estado de alarma una programación online remunerada que lanzaba el mensaje de que es posible proporcionar arte a las vecinas y vecinos aunque no sea en la plaza del pueblo sino en el salón. El de Barcelona, en otro sentido pero con similar espíritu, convirtió los premios anuales a producciones culturales –que este año no había llegado en muchos casos a puerto– en becas destinadas a creadoras y creadores al comienzo de sus carreras.

Tener en cuenta la cadena completa de valor supone también llegar al último eslabón. Hacernos de nuevo la pregunta de qué entendemos por cultura y recordar que lo que se ha parado son cosas a la vez más pequeñas y más grandes, más íntimas y también más colectivas que un gran rodaje o una cifra de ventas. Lo que se ha parado son los clubes de lectura que significaban, para muchas mujeres, un espacio de encuentro y libertad: ahora los tienen por zoom desde el salón, con sus maridos al lado. ¿Qué supone eso? ¿Qué significa el cierre de una biblioteca para un niño o niña de un pueblo que encuentra en ella un refugio y una posibilidad? ¿Y para el cine de barrio, y para la pequeña productora, y para la escuela de música o de danza?

Cultura son cifras: 700.000 familias que viven del oficio de los focos, de las bambalinas, de las tintas. Cultura es quién puede contar las historias, desde dónde, hasta dónde pueden llegar. Cultura es a qué damos valor de quienes somos en común, de nuestro legado y modos de imaginar el futuro. Cultura es el respiro en el encierro y un modo de abrir la puerta. En un tiempo de EPI, vacunas y miedo podemos decir que la cultura no es esencial porque no salva vidas. Pero también podemos decir: “La cultura me salvó la vida durante el confinamiento”. En el alambre como siempre, o más que nunca, lo que la cultura grita es: “¡Alerta!”.

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