Matar a gritos de “maricón” es homofobia

A Samuel lo asesinaron al grito de “maricón” y eso es homofobia. Lina y Vanesa, las amigas que presenciaron la paliza mortal, han relatado que el agresor le dijo a su amigo “o paras de grabar o te mato, maricón”. Sin embargo, la Policía, varios medios de comunicación sometidos al relato policial y unos cuántos políticos lo ponen en entredicho, como también lo hará la justicia.

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Manifestación celebrada este lunes en Madrid para condenar la brutal agresión que acabó este sábado con la vida del joven Samuel Luiz, de 24 años, en A Coruña // EFE

No es casualidad que lo pongan en duda quienes siempre nos han agredido, se han burlado de nosotros, jamás nos han tenido en cuenta y han construido las reglas de este juego sin nuestra opinión. Aceptar la complicidad cuesta, pero ya va siendo hora de que quienes nos agredan física y simbólicamente asuman la responsabilidad en que la LGTBIfobia siga perpetuándose en España cada día, cada hora, cada minuto. ¿Qué más pruebas se pueden necesitar cuando era gay y lo último que escuchó antes de morir fueron esas palabras?

Un breve apunte antes de seguir. En este texto escribo marica y no homosexual porque las palabras importan. “Marica” es lo que nos han llamado desde pequeños, lo que somos y la disidencia que quiero reivindicar, en lugar de “homosexual”, una palabra que marca como nos quiere el heteropatriarcado: dóciles, asimilados y domesticados.

Dicho esto, el terror que vivió Samuel es el mismo que hemos sufrido muchos maricas toda la vida. Siempre he tenido miedo a los hombres, a todos en general. Tengo 28 años y cada vez que los veo juntos por la calle me invade el pánico. Camino más rápido, cruzo de acera y quito la música de los auriculares para estar atento por si me insultan y tengo que correr. Lo hago porque son ellos los que me llamaban “maricón de mierda” en clase, los que me miraban de forma fulminante en las calles de mi pueblo, los que me pegaron, los que me hicieron el vació, los que me expulsaban de un espacio que también era mío y los que me despreciaban sin yo saber qué significabas aquellas palabras. Lo hago porque los leo como potenciales agresores. Igual que les pasa a muchos amigos maricas y a muchas mujeres.

Un marica ataca el canon de masculinidad al que se ciñen los hombres. Leen nuestra pluma, nuestro deseo por otros maricas y nuestra libertad como una amenaza a la idea de “hombres de verdad”, esa jaula que tanto les oprime y ese grupo al que tanto quieren demostrar que pertenecen: los hombres machos, duros, fríos, fuertes, que no lloran, que lideran, que tienen poder y tienen control. En sus lenguas “maricón” no significa “homosexual”. En sus lenguas “maricón” significa “menos hombre”, “no hombre” y traidor. Nos ven como inferiores, sumisos, débiles, emocionales, dramáticos, exagerados, locazas. Nos ven con los roles maniqueos que asocian a las mujeres. Ahí empieza el machismo y la misoginia, porque la violencia homófoba y LGTBIfóbica es también violencia patriarcal —cisheteropatriarcal si queremos ponerle nombre y apellidos—. Por supuesto que los crímenes machistas y LGTBIfóbicos tienen implicaciones muy diferentes, nadie niega eso. Sin embargo, la raíz que nos asesina y nos mata a todos, todas, todes, es la misma.

Otra señal clara de que estamos ante el mismo terror es el cuestionamiento al que se está sometiendo a la víctima. La gran batalla será demostrar que el crimen fue homófobo, porque, aunque haya un consenso social y testimonios directos, los aparatos vigilantes patriarcales (los cuatro mencionados anteriormente: policía, política, justicia y medios) se están encargando de anular ese componente. ¿Cómo sabía el agresor que Samuel era homosexual?, se preguntan tertulianos de televisión para fiscalizar el posible agravante por delito de odio. “No me atrevo a decir si se puede tipificar como un problema de homofobia”, sentenciaba Alberto Núñez Feijóo en Cadena SER. El juicio a Samuel ya ha empezado. No le habéis dejado en paz ni 24 horas.

Los investigadores no ven indicios de homofobia porque los autores del crimen no tenían constancia de la orientación sexual de la víctima, como si lo único que pudiera motivar que nos asesinen en plena calle es que llevemos una camiseta que remarque con quien nos acostamos y no el asco con el que nos miran a tres metros de distancia. Bajo esta premisa policial las personas LGTBI+ de este país no se sentirán nunca protegidas ni seguras porque quien nos toma declaración no nos cree y porque así le está dando la mano por debajo de la mesa a quien nos apaliza. Nuestras vidas no importan. Este retorcido ataque a nuestra dignidad se traduce en que la Policía patriarcal solo reconocería nuestras muertes si decimos en voz alta “soy marica”, “soy bollera”, “soy bi”, “soy trans” o “soy no binarie” antes de que nos cosan a puñetazos. Un triángulo rosa autoimpuesto.

Resulta que vosotros, “los hombres de verdad”, aún usáis la palabra “maricón” a diario como insulto y ahora que ha ido precedida de una muerte queréis desactivarla. Sin conocernos ya nos llamáis “mariconazo” en el instituto, en las puertas de la discoteca, cuando aparecemos en televisión y a espaldas en el trabajo, pero nos ponéis a nosotros el deber de probar que sabéis que somos maricas. Qué bien se lo ha montado el heteropatriarcado para no mirarse las manos llenas de sangre ahora tras la muerte de Samuel.

La forma en la que se reconocen nuestras violencias tiene que cambiar inmediatamente porque, cuando una persona mata a puñetazos a un maricón llamándole “maricón”, sepa o no si es maricón, lo que ha activado su violencia es la homofobia que le corroe por dentro. Llamarse “maricón” entre heteros es una broma hecha desde el privilegio, pero gritarle “maricón” a un maricón antes de poner punto y final a su vida en grupo no es una broma, es un crimen. La periodista Begoña Gómez Urzaiz escribe en La Vanguardia que “lo que te llaman mientras te matan importa” y vosotros nos llamáis “maricón”, “puta”, “travesti””, “negro”, “zorra”, “sidoso”, “panchito”, “moro”… Ya no sirve girar la cara a otro lado. Ya es hora de que en España se asuman responsabilidades.

El de Samuel no es un crimen aislado, así lo demuestran las otras palizas e insultos a maricas y a mujeres trans que han ocurrido recientemente. Así lo demuestra también el discurso del odio validado en España. Hace unos días la actriz Asaari Bibang apuntaba en el programa Buenismo Bien que “se ha perdido la vergüenza al racismo”. Justamente, sucede lo mismo con la LGTBIfobia. Quienes nos odian ya no se esconden, y no se esconden porque en nuestros parlamentos, en diarios, en televisiones y también en YouTube y en Twitch escuchamos perlas como “¿cuántos homosexuales eres capaz de matar?”, “tienen que tener preferencia a la hora de adoptar la unión de un hombre y una mujer” o que las agresiones a personas LGTBI+ son “casos puntuales”. El mensaje que lanzan a la ciudadanía es claro: estas personas son menos que tú y, si son menos que tú, puedes ejercer violencia contra ellas porque no pasará absolutamente nada.

Ya no es un tabú ir a por una comunidad que en España ha sido torturada, fusilada, perseguida y encarcelada legalmente hasta hace un poco más de cuatro décadas. No soportan que estemos en el espacio público y que tengamos más visibilidad. Nos quieren callados y dominados, como antaño. Estamos ante una ola reaccionaria que busca mantener la jerarquía perro-amo. A Lorca lo mató el franquismo “por rojo y maricón”. A Paloma Barreto, mujer trans migrante, la asesinaron con 15 puñaladas en 2019. A Samuel, de 24 años, lo han matado a gritos de “maricón” en 2021. En España no estamos tan bien como creemos. Seguimos odiando. Y estos asesinatos ni son democracia ni son constitucionales.


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